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c/ Enrique de las Marinas nº 29
11003 Cádiz
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Desde 1942... y un poco antes, también.   
A finales de los años treinta del siglo pasado, todas las mañanas, cuando la luz del sol aún no había comenzado a iluminar la ciudad, desde las puertas de tierra se podía ver llegar a un joven de unos catorce años acompañado de un burrito cargado de frutas.

Se llamaba Sebastián y había salido la noche anterior desde Conil con destino a Cádiz para vender fruta fresca de la huerta de su pueblo...
Esto, que parece el comienzo de un cuento, no es otra cosa que el relato de nuestros orígenes.
El abuelo Sebastián, siendo todavía un niño, con ese espíritu emprendedor del que tanto se habla ahora, todas las noches cargaba su borrico de frutas y hacía el camino desde Conil durante toda la madrugada para venderla en la lonja de Puerto Chico.
Gran aficionado a todo lo de Cádiz, una vez vendida su fruta gustaba de moverse por la ciudad y disfrutar de sus calles, costumbres y fiestas, hasta que terminó por convertirse en un gaditano más. De esta misma forma conoció a Isabel, una gaditana como él nacida en Puerto Real, y juntos decidieron fundar una familia y algo más.
Se establecieron oficialmente en 1942 en el barrio del Mentidero y montaron su frutería en la esquina entre las calles Enrique de las Marinas y Bendición de Dios.

En esos tiempos ya había varias fruterías en la zona, incluso en la misma calle, la mayoría de ellas regentadas por paisanos de Sebastián. Sin embargo eso no era un problema. El barrio del Mentidero estaba mucho más poblado y vivo que en la actualidad. Las familias solían ser mucho más numerosas de lo que son ahora y todos podían ganarse la vida, eso sí, a base de muchas horas de trabajo y sacrificio.
Sebastián e Isabel estaban dedicados todo el día y parte de la madrugada a atender la frutería. Por eso cuando fueron llegando los niños, hubo que buscar un sistema para 'conciliar' la vida laboral y familiar.

El sistema de Isabel consistía en colocar a sus bebés en una cuna improvisada bajo el mostrador mullida con saquitos vacios y bien pertrechada de mantitas para que no pasaran frío. De esta forma todos los hijos del matrimonio fueron testigos desde muy pequeños del trasiego del negocio familiar. Y por otro lado, su madre nunca los perdía de vista.
Pero el tiempo pasa, los hijos se fueron haciendo mayores, Isabel quedó viuda en el año 1962 y sus hijos comenzaron a ayudarla con el negocio hasta que en 1972 se hacen cargo del mismo. Concretamente Curro y Juan, aunque este último solo permanece en él tres años hasta que se independiza.
Curro hace cambios en la Frutería y, no sin esfuerzo, comienza a implantar unos estándares de calidad e higiene acordes a los tiempos que corrían. Destaca la decisión, en esos tiempos poco habitual y que le costó más de un disgusto con la clientela, de prohibir que se tocase la fruta.

Se ganó el respeto y reconocimiento de su vecindario y supo consolidar el negocio familiar a base de calidad tanto en el género como en la atención al cliente. Durante su etapa, la frutería no solo adquirió su nombre definitivo, sino también un gran prestigio profesional y personal que aún le acompaña y que su sobrino y sucesor en la frutería Juan, ha sabido mantener y ampliar.
Con doce o trece años no se puede decir que Juan fuera muy aficionado a la escuela, por lo que su padre, con muy buen criterio, lo colocó a trabajar en la frutería con su tio Curro. Eran los años noventa y Juan compaginaba su trabajo con alguna que otra escapada para ir a pescar, afición que todavía practica y que en aquellos tiempos le granjeó alguna que otra bronca por parte de su tío.

Pronto demostró una capacidad innata tanto para la gestión del negocio como para la atención al público. Prueba de ello fue que con catorce años ya compraba solo en la lonja y con muy buenos resultados.

Tras unos años de aprendizaje junto a su tío, y después de que Juan hiciera el servicio militar, Curro enfermó y Juan en el año 2000 se hizo cargo del negocio.

Su gestión no solo continuó el buen hacer de su tío al frente del negocio sino que lo mejoró estableciendo unos estándares de calidad muy exigentes en la compra de productos para asegurarse que sus clientes siempre gozaran de mercancía de calidad en unos tiempos en que los avances y experimentación en la agricultura para ampliar la producción permitía que, en algunas ocasiones, llegaran al detallista productos de calidad dudosa.

Poco después de hacerse cargo del negocio tuvo que afrontar un cambio de ubicación del mismo, debido a unas obras que debía realizar la comunidad en toda la finca en la que se encontraba la frutería.

Ante una situación tan delicada Juan decide hacerle una oferta al gerente de la frutería de Caridad, con el que llega a un acuerdo por encontrarse próxima su fecha de jubilación, y en el año 2002, después de sesenta años en la misma esquina, traslada la frutería unos metros más allá, en la misma calle Enrique de las Marinas, lugar donde se encuentra actualmente.

En primer lugar se instala tras una adaptación y limpieza general del local, pero más tarde decide invertir en una remodelación completa, tras la cual no ha dejado de realizar actualizaciones y mejoras hasta el día de hoy.

En la actualidad, la Frutería El Curro no es solo una referencia de calidad, o un lugar amigo donde los clientes encuentran un equipo de jóvenes profesionales dedicados, familiares y simpáticos,

La frutería el Curro es sobre todo el resultado del trabajo diario   
y el amor por las cosas bien hechas.   
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